Tenía
apenas siete años. Cursaba el primer año de Primaria. Mis pensamientos solo se
enfocaban en cumplir con mis tareas y echarle ganas a la escuela. Mi mamá decía
que esa era mi única responsabilidad.
De
pronto un día, un niño de mi grupo llamado Alfredo, me dijo que le gustaba y me
preguntó que si quería ser su novia. Yo no supe que responderle, la verdad es
que me dio mucha pena y me puse colorada, pero no entendía el ¿Por qué? Si a
esa edad apenas era una niña y no sabia lo que eran esas cosas del amor, así
que me fui sin decirle nada.
Lo más
curioso es que Alfredo, pasó todo ese primer año pidiéndome una oportunidad y
hubo momentos en los que me sentía acosada por él. Creí que el gusto se le pasaría
al sentirse ignorado por mi, pero no fue así.
Cabe destacar
que Alfredo era un niño muy inteligente. Siempre sacaba notas muy buenas y al
finalizar el ciclo escolar recibía reconocimiento de primer lugar. Y no es que
yo no lo fuera, pero por una mínima diferencia de puntos, yo quedaba en segundo
lugar.
Para
mis compañeros e incluso los maestros eso parecía ser una competencia entre los
dos.
Recuerdo
muy bien que al finalizar el tercer año, logre obtener el primer lugar en
aprovechamiento académico. La mamá de Alfredo me miro un tanto extraña y
sorprendida. En parte la entendía, ya que yo también lo estaba y no me esperaba
dichos resultados, mucho menos mi mamá. Sin embargo, Alfredo mostraba una
actitud desapercibida.
Llegamos
a cuarto grado, teniendo en cuenta que cada año insistía en que lo aceptara. Él
decía estar enamorado de mí, pero nunca entablamos una conversación como tal. Fue
así que me decidí a decirle de frente que yo no quería ser su novia y que solo podía
ofrecerle una amistad.
A veces
me desesperaba que Alfredo no entendiera la palabra “NO”, pues llegamos a sexto
año y él seguía molestando con lo mismo. Lo que más me chocaba era que sus
amigos y los míos me hicieran una especie de burla y trataran intervenir para
que yo lo aceptara y dijeran que solo le rompía el corazón. En realidad hacían sentirme
mal.
Lo más
chistoso es que mi mamá solo se burlaba de mí y decía que era cosa de niños,
algo pasajero y que mejor evitara
enojarme. Afortunadamente terminamos la primaria. Lo malo es que lo volví a
encontrar en la secundaria. ¡Rayos!
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